¿Alguna vez te ha pasado que
crees que el otro es el culpable de todo lo que sientes? ¿Alguna vez?
“Mi esposo no dijo lo que yo quería que dijera”
“Mi jefe no me sonrió cuando pasó por mi lado?
“Mi hijo no obtuvo el 1er puesto”
“Mi novio no me respondió el WhatsApp rápidamente”
Ante todas estas situaciones
estamos enojados porque el otro no actuó como hubiéramos querido.
¿Por qué queremos tenerlo todo
bajo control? y si no lo tenemos convulsionamos y poco falta para que nos salga
baba y terminemos desmayados.
Todas estas actitudes agotan el
alma y pensamos que es normal actuar así, total, todo mundo lo hace y si todo mundo lo hace debe ser lo correcto.
La mayoría no siempre tiene la
razón, por mayoría de votos crucificaron a Jesús. Por mayoría de votos se
pensaba que la tierra era plana. Por mayoría de votos las personas de raza
negra eran inferiores, por poco hijos del diablo.
Cuando uno se sale del molde lo
tildan de loco y se molestan porque piensas diferente.
¿Por qué se molesta la gente?
Porque no quieren analizar la posibilidad
de que todo lo que creía cierto, no lo es. ¡Qué
espantoso! ¿Dejar de ser quién soy? Y si no soy quien soy, ¿entonces quién soy?
Esas son preguntas que dan miedo,
sobre todo si lo que creías ser no te gustaba, entonces ya estamos fregados.
El culpar a los demás por
nuestros sentimientos es una actitud muy cómoda, muy simplona.
Si el otro es culpable de cómo te
sientes, le diste todo el poder sobre ti y eso te vuelve dependiente.
He sido dependiente toda mi vida,
recién empiezo a ser consciente que soy responsable de lo que siento ante cualquier
situación. Es difícil créanme, son décadas actuando de una forma y cambiar toma
su tiempo. Y más tiempo tomará si no podas a las personas que cariñosamente te
dicen que estás equivocada.
Por lo tanto empezaré a
transformar frases:
“No estás siendo realista” por
“la realidad la crea cada quien”
“Eso ocurre en tu mundo paralelo” por “Exacto, existen mundos
paralelos”
“El mundo no va a cambiar porque tu cambias” por “quítale
el “no”
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