domingo, 20 de agosto de 2017

Nacer duele

Todo nacimiento duele.
Salir del vientre de nuestra madre, un lugar calientito y placentero a una fría sala de parto, donde te nalguean y te meten cosas por todos tus orificios, duele.

Pasar de ser niños felices y despreocupados a adolescentes que no saben quiénes son, que tienen miedo al futuro y que le temen a su cuerpo cambiante, duele.

Al casarnos pasamos de vivir cómodamente según nuestras costumbres y hábitos a compartir nuestro día a día con los hábitos y manías de otro. El proceso de adaptación duele.

El despertar de la conciencia también es doloroso. Empiezas a ser consciente de lo inconsciente que has sido y cambiar es tan difícil como bajar 100 kilos…pero no es imposible.

Se te voltearán los ojos, te arrastrarás por el suelo, pensarás que estabas mejor viendo las noticias de TV, haciendo lo que la sociedad dice, pensando que hay un cielo y un infierno, que Dios castiga, preocupándote por lo que dirán los demás de ti y trabajando para conseguir lo que todos tienen, aunque no lo quieras.

Pero en nuestra experiencia como seres humanos, el puente del despertar tiene que ser cruzado sea a la edad que sea.
¿De adolescente? Sería espléndido. ¿De adulto? La mayoría lo hace en esta etapa ¿En el último momento de mi vida? También.

¿Han escuchado ese pasaje de la biblia que dice que si en el último momento de tu vida decides aceptar al señor serás salvado? Pues así es. Por favor no crean que soy católica o cristiana. Respeto todas las religiones pero no tengo una. Las enseñanzas son universales, todas tienen la misma verdad pero se distorsionan cuando pretenden jalar agua para su molino.

Tampoco estoy hablando de salvación, me refiero a que mientras más tarde despiertes, menos tiempo tendrás para deleitarte con la vida, de vivirla plenamente.

Vinimos a este mundo a saborear cada experiencia que nos toca vivir. Si la degustamos relamiéndonos los dedos quedaremos satisfechos y la lección quedará aprendida.



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